Las consecuencias del maltrato infantil

Desde 2009 hasta 2016 la violencia infantil ha aumentado con 300 %. Un estudio, realizado por la Fundación ANAR afirma que se han llegado a registrar más de 25.000 casos de maltrato hacia un menor, de los cuales fueron atendidos apenas 5.930. El  maltrato psicológico ha llegado a marcar 604%, el acoso escolar 584% y el  maltrato físico 304%. Más del 60% de los casos se producen dentro de la familia.

Sí, yo también volví a mirar a las cifras por si había un error y la realidad es tristemente increíble.  ¿Qué clase de sociedad hemos creado, si no somos capaces de hacer frente a la violencia, ni proteger a los niños, ni atenderlos?

Las víctimas de violencia durante la infancia, tienen el doble de riesgo de intentos de suicidio durante la adolescencia. En casi 12% de los casos hubo intentos de suicidio, lo que significa más de uno a cada  diez niños.

 La UNICEF señala que, aunque no se les ponga la mano encima, presenciar o escuchar situaciones violentas tiene efectos psicológicos negativos en los hijos. Aunque no sean el objeto directo de las agresiones, padecen violencia psicológica, que es una forma de maltrato infantil y que la Convención Internacional de los Derechos del Niño -ratificada por España- considera una forma de maltrato infantil y la recoge en el artículo 19 como “violencia mental”.

La modificación de la Ley Orgánica 1/2004 que contempla la Ley Orgánica 8/ 2005, de 23 de julio, de modificación del sistema de protección a la infancia y a la adolescencia y la Ley 26/ 2015, de 28 de julio, de modificación del sistema de protección a la infancia y la adolescencia, dan un mayor protagonismo y protección a los hijos de las víctimas de la violencia de genero. En concreto, en la disposición final tercera de la Ley Orgánica 8/2015 se modifica la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Mediante esta modificación, la Ley Orgánica de Protección a la infancia ya reconoce a los menores hijos de las victimas también como víctimas de la violencia de género.

Los niños no son víctimas sólo porque sean testigos de la violencia entre sus padres sino porque “viven en la violencia” y ella marca la vida diaria, su forma de sentir, pensar, actuar y relacionarse. Son víctimas de la violencia psicológica, a veces también física. Crecen creyendo que  es parte de las relaciones entre los adultos y la única forma para expresar la frustración y solucionar a los problemas.

Vivenciar el dolor y sufrimiento de la madre maltratada, su temor, inseguridad, tristeza, les produce una elevada inseguridad y confusión. Esa angustia se traduce en numerosos trastornos físicos, terrores nocturnos, enuresis, alteraciones del sueño, cansancio, problemas alimenticios, ansiedad, estrés, depresión, etc. Pero lo peor, al estar en fase de crecimiento y desarrollo madurativo, construyen su personalidad en función de la violencia y la toman como modelo, interiorizando los roles de maltratador o maltratada.  Entienden e interpretan el mundo y las relaciones de forma inadecuada.

La familia es el primer agente socializador y el más determinante para el desarrollo y la formación de modelos y roles. Partiendo de esta base, según lo que sienten hacia sus progenitores definirá las relaciones con todas las mujeres y hombres que tratarán a lo largo de sus vidas.  Sentirán confianza o desconfianza, empatía o indiferencia, agradecimiento o rencor  y envidia etc. Por lo tanto, las relaciones internas  dentro del núcleo familiar determinan  las relaciones externas.  Los menores interiorizan patrones de comportamiento violentos y no discriminan lo que es adecuado o está bien, de lo que es injustificable. En la mayoría de los casos, la violencia se produce en etapas durante los cuales los niños maduran su desarrollo psicológico.

Los hijos de un maltratador crecen sumergidos al miedo. Son potenciales candidatos al diagnóstico de toda la variedad de trastornos como es el estrés postraumático, el trastorno de agresividad, depresiones  o trastornos de personalidad. A largo plazo manifiestan conductas externas: agresivas, antisociales, desafiantes, etc., e internalizadas: inhibición, miedo, baja autoestima, ansiedad, depresión, síntomas somáticos, etc.

Las relaciones familiares violentas influirán en el significado que el niño atribuya a las relaciones interpersonales, y más concretamente a las relaciones entre géneros, entre hombres y mujeres. Estos patrones violentos de comportamiento y relación se aplicarán a sus propias relaciones, desarrollando conductas sexistas, patriarcales y violentas.

Los menores, expuestos a violencia hacia su madre desarrollarán unas creencias y valores, asociados a la violencia de género. Llegan a creer, que los hombres son superiores y las mujeres inferiores, que para que te respeten hay que ser violento, que si el hombre golpea a la mujer es porque ella lo provoca, confunden la fuerza con agresividad, el control con el amor y la sensibilidad con la debilidad.

El reconocimiento de la gravedad de la violencia de género en la pareja y de la necesidad de prevenirla  ha llevado a estudiar, cómo son sus primeras manifestaciones en las relaciones que se establecen en la adolescencia, encontrando que tiene consecuencias muy graves tanto a corto como a largo plazo para el bienestar de sus víctimas.

Cuando se tratan casos de violencia los objetivos son numerosos, lo más importante es proteger a la mujer, en algunos casos al hombre y los hijos y eliminar las situaciones de riesgo.  La intervención se dirigirá a mejorar las relaciones materno-filiales, además de atender al proceso madurativo de los menores. Lo importante es conocer las repercusiones de la violencia en los hijos e hijas, informando de los efectos  asociados, reforzar y  mejorar el vínculo afectivo de la madre con sus hijos, ubicar la figura del padre en relación con los hijos. Se exploran las dificultades  añadidas al proceso de ruptura. Las terapias grupales  permiten dar y recibir apoyo por parte de otros niños y niñas que hayan vivido dificultades  parecidas, dar voz a las  experiencias traumáticas, aprender a relacionarse de forma sana. Es fundamental el conocimiento y práctica de la  asertividad. Se trabaja  el RESPETO, el reconocimiento  y el manejo de los sentimientos y las emociones, se potencia la tolerancia a la frustración y control de los impulsos. También es importante desarrollar la capacidad empática.

La psicología positiva, aplicada a través de las terapias psicológicas es una herramienta valiosa para no solamente combatir el estrés, sino tratar a las conductas inadecuadas. Se realizan actividades que facilitan el crecimiento dentro de las dificultades. Durante las sesiones se promueve la curiosidad vital, la motivación al cambio, el afrontamiento y el equilibrio emocional. Se facilita el crecimiento postraumático y  se dan pautas de realización personal, basadas en la esperanza. Se trabaja el crecimiento personal, la relación con los demás, despertando y fomentando el interés hacia ellos, se descubre la fuerza terapéutica del agradecimiento y el perdón.